En 2019 llegó uno de esos proyectos que marcan un antes y un después. Un Ferrari F12 Berlinetta. No para hacerle cuatro detalles estéticos, sino para transformarlo con un nivel de exigencia real. El presupuesto de la proyecto rondó los 40.000 euros y, desde el primer momento, el listón estaba alto. Muy alto.
Se instaló un kit de carrocería en carbono DMC, un sistema de escape de titanio IPE, muelles Novitec y un juego de llantas HRE forjadas a medida. No era una cuestión de añadir piezas caras. Era una cuestión de que todo tuviera coherencia. De que cada decisión sumara al conjunto.
Pero lo importante no fue solo la estética. Se realizó un setup específico de pesos, caídas y alineación para que el coche funcionara como debía. Se probó en pista. Se rodó. Se ajustó. El resultado fue un F12 que mantenía su esencia, pero con un comportamiento más preciso, más quirúrgico. Una máquina de precisión.
El nivel de detalle fue extremo, porque la clienta también lo era. Y eso obligó a trabajar con una exigencia que no deja margen para improvisaciones. Cuando terminas un proyecto así, sabes que no puedes esconderte detrás de la marca del coche. Lo que se juzga es tu trabajo.
No todo el mundo se atreve a modificar un Ferrari.
Y no todo el mundo debería hacerlo.